Cualquiera podría suponer que una persona que pasa unas 8 horas por día manejando un vehículo, y hace de esa actividad su oficio, con el tiempo llega a dominar el volante.
Pasa en el fútbol, en la cocina y en el Counter Strike.
Llegado un momento, la interfaz por la que se logra un resultado sobre el sistema, llámese pelota, cacerola o mouse se vuelve parte del operador y el panqueque volando en balletesca armonía para aterrizar nuevamente en la sartén, o el héroe que entra en una habitación y con presición quirúrjica despacha a dos malvados terroristas con sendos tiros en la cabeza antes de que puedan reaccionar, se convierte sencillamente en una extensión de sí mismo, en una probóscide sobre la cual se tiene soberanía y control absoluto.
Esto se cumple en todos los órdenes de la vida. Es inimaginable -salvo daño neurológico o lesión inhabilitante- suponer que una persona puede disminuir paulatinamente su habilidad en la práctica de cualquier actividad, a partir de una práctica consistente de la misma.
Sin embargo, volviendo al volante, a pesar de lo que se podría llegar a suponer, no se da tal constante. Los taxistas manejan mal. Es empírico, nunca se está seguro sobre un taxi ni sobre cualquier vehículo que coexista con uno de ellos en tiempo y calle.
El taxista no mira hacia atrás, todo lo que hay detrás o a los costados de su vehículo es vacío. Los espejos retrovisores (cuando los hay) son artefactos que sirven para ver al pasaje, sobre todo si su escote lo amerita. El taxista no conduce a la defensiva (evitando la posibilidad de un accidente por culpa dierecta o indirecta suya), conduce al ataque. El taxista estaciona sobre las sendas peatonales, encierra en las esquinas y aprovecha cualquier lugar durante un semáforo rojo para adelantar un par de casilleros por más que eso signifique entorpecer el tránsito del resto de los mortales.
Las razones pueden ser varias, una de ellas, que se los elija deliberadamente estúpidos (o mirándolo desde otra perspectiva, que una forma de estupidez manifiesta sea aspirar a un taxi como sustento), lo cual no es descabellado ya que no conozco taxistas con título de biólogo molecular.
Otra razón puede ser el envenenamiento y consiguiente degradación neuronal a partir de la exposición a emisiones pequeñas pero constantes de monóxido de carbono, vapores de combustible y los materiales sintéticos con los que se rellenan los asientos del auto.
También puede ser por qué no el embrutecimiento progresivo debido a horas de charla sobre el clima, el fútbol, el clima, la televisión y el clima.
Me aburrí de escribir.
Mañana, tarta de manzana.
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2 comentarios:
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Te vas a dignar a escribir algo o voy a tener que iniciar un operativo de hinchada de pelotas?
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