Tengo una abuela que es, lisa y llanamente: mala.
Lo es por lo menos conmigo, que probablemente soy el nieto que menos mérito hizo para tener ese tratamiento.
Hasta hace unos 10 años aproximadamente éramos 2 los desafortunados. Mi hermano Federico, un año menor que yo, y por supuesto, quien suscribe. Mi hermano hace una década se decidió por la vida religiosa, por lo que automáticamente cayó en gracia de esta señora progenitora de mi padre, fanática de los efluvios de los sirios que se encienden todos los domingos en la parroquia de Caacupé (no se si lo menciona así porque tiene dos "A" o por su crianza en la mediterránea provincia de Córdoba).
A partir de ese momento, mi hermano ascendió varias posiciones en el ránking de nietos. Tantas que por un momento hasta pensé que iba a bajar de su trono a la monarca, superiora, regente de todos los seres vivos y merecedora de todas las reverencias: Victorita, la doctora promedio 10, estudiosa, informada, indigna de este pueril blog, de quien personalmente sospecho es lesbiana.
Si mi hermano no destronó a Victorita fue solo porque pertenece a una comunidad religiosa muy "liberal" y orientada al trabajo comunitario, por lo tanto alejada del facista y elitista Opus Dei quienes son más afines al estilo de vida de mi abuela (que se jacta con orgullo ser descendiente directa del generalísimo Francisco Franco).
Pero no nos desviemos del tema. Mi abuela es mala conmigo. Nunca traía regalos para mi a la vuelta de sus viajes alrededor del mundo en los que dilapidó la fortuna que dejó en propiedades y acciones mi abuelo al morir (no llegué a conocerlo).
En algunos de esos viajes llevó a casi todo el resto de la nietada ("los primos de Buenos Aires") sistemáticamente olvidándose de mi y de mi hermano que en esa época compartía mi paganismo e idolatría por los autitos Matchbox y la tortura estilo Menguele de animales domésticos.
De nada sirvió toda una infancia y adolescencia de indigna obsecuencia, fingida buena educación e infaltable en cada visita de la señora a Bahía Blanca: subir a su habitación esa valija llena de 70 kilos de regalos ajenos.
Probablemente la gota que colmó el vaso y a partir de la cual desistí en todo intento por congraciarme con la señora sucedió hace no mucho. Y empezó cuando antes de tomar mi avión de Trelew hacia Buenos Aires (un horrible vuelo de dos horas lleno de señoras con audífonos gritando en ese jeringoso estpantoso que es el catalán) me llamó mi hermana por teléfono.
La llamada era por la operación a la que iba a ser sometida mi abuela, de cadera, para la cual necesitaban donantes de sangre. Yo pasaba por Buenos Aires, y aunque mi humor y las circunstancias no eran las mejores, decidí pasar a dejar mi medio litro de líquido vital.
Ya pasada media mañana, llegué a las oficinas que de la empresa en calle Corrientes previo paso por la clínica, pálido y con el brazo inmóvil, producto de la bárbara intervención de la enfermera, pero con la conciencia tranquila y una leve sensación de bienestar y elevamiento espiritual.
El tiempo pasó, la operación aparentemente fue exitosa y cierto día mi hermana me da un billete de 50 dólares -un Grant para los amigos- que me enviaba mi abuela en concepto de agradecimiento por la generosa donación de 500cc de mi sangre.
No un llamado. No unas palabras. No un SMS con un gracias.
Solo un billete verde (que no demoré en gastar seguramente en algo que no necesitaba) con su cara de prócer gringo que malponderaba mi acto de desprendido altruísmo diciéndome "tu abuela no te llamóoo! tu abuela no te llamóoooo!"
Tan exitosa fue la operación que la señora (que nunca agradeció mi gesto) en menos de un año estaba volando a Cuba, y a su regreso, nos volvió a visitar en Bahía Blanca por el cumpleaños de 15 de mi hermana, donde tuvimos el siguiente diálogo:
Yo: Hola abuela, cómo andás, cómo te fue en tu viaje ?
Abuela: Bien. Me subís después la valija a la habitación ?
No hubo regalos de Cuba para mí.
...
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4 comentarios:
No es mala. Está gaga. A mí tampoco me trajo regalos de cuba, no le trajo a nadie, creo.
Che, y los 50 dólares no eran por la sangre...porque a mí también me dió. Igual flojísima que no te agradeció...la verdad muy mal.
¿¿¿??? a vos también te dió? entonces para qué eran los 50 verdes? me calenté... le voy a ir a reclamar que me devuelva el medio litro de sangre (y la guita del taxi)!!! Vos igual no te podés quejar. No tuviste que desangrarte y además te llevó a Necochea. No es un destino exótico pero bueno, por lo menos se le cayó algun billete ...
simpatica la viejita....
no queres que le presentemos a Ana Maria ?
Grax por la visita
Abrazo
Esto está mal: la misma abuela te regaló una toallita fucsia y un juego de tupper muy lindo.
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